Prólogo

 

 

PRÓLOGO

 

Notas el sudor resbalando por tu frente. El corazón te late con fuerza en la garganta; el aire abrasa con cada bocanada. Detrás quedan los fantasmas de batallas pasadas, de grandes victorias y amargas derrotas. Incluso rechazaste el rudis una vez. Nada de eso importa ahora. El combate se prolonga demasiado y tus fuerzas están fallando. El peso de los años por fin parece haberte alcanzado y la fatiga te hace mella. Te sientes pesado, lento. Frente a ti un gladiador del que no sabes nada. Es fuerte y ágil, y muy rápido, probablemente mucho más joven que tú.

 

Piensas rápido. Su juventud es su fortaleza y a la vez su debilidad. Después de todo tú eres Menes el Egipcio, campeón de campeones. Es tu nombre el que el público aclama con cada acometida. Su falta de experiencia, el peso abrumador del gentío que os jalea, sediento de espectáculo. Sabes que debes usar eso en tu favor. Aquí viene. Bloqueas su gladius con tu scutum y contraatacas buscando sangre. “El espectáculo por encima de todo”, recuerdas. Evita el golpe con facilidad. Es muy rápido.

 

El combate continúa, el público está extasiado pero sabes que de una u otra forma, se acerca el final. Te embiste y ahora eres tú quien esquiva, pero tus piernas flaquean. Tropiezas y en tu desequilibrio su hoja se aloja certera en tu muslo. El silencio se hace dueño de la arena y tú tragas saliva, que empieza a saber a derrota. La sangre mana de tu pierna pero no te importa, al contrario. De tu interior nace una nueva fuerza, brota un furor que te arranca una sonrisa y recorre tus brazos, avivándolos como el viento aviva el fuego.

 

Sabes que tu ataque será el último y el resultado no te importa. Pase lo que pase ha sido un combate grandioso. Te encomiendas a Juno, a Minerva y a Júpiter y ruegas por una muerte honorable si es que has de morir y con un grito desgarrador estalla el silencio expectante que impera y te lanzas sobre aquel formidable luchador. Está desprevenido. Creyéndose victorioso ha bajado la guardia, y en un suspiro le arrebatas su arma y le golpeas con todos tus años experiencia, con todas las fuerzas que aún les quedan a tus músculos. Y lo consigues. Su scutum queda destrozado; sus rodillas, en la arena.

 

Se acabó. Te apoyas en tu scutum para no caer. No sientes tus piernas, tu brazo derecho ya no puede levantar el gladius, pero ya has vencido. De pronto un suspiro de sorpresa te devuelve a la realidad. Miras estupefacto cómo tu rival está de nuevo en pie, herido pero desafiante. No ha sido suficiente. Sabiéndote derrotado comienzas a abandonar el gladius, que se desliza por tu mano. Sin embargo, frente a ti, el gladiador desconocido, el guerrero que ha podido contigo, tiene su mano en alto, con el índice y el corazón apuntando al cielo. ¡Se ha rendido!

 

El público por fin explota y los aplausos y las ovaciones te ensordecen hasta el punto de no escuchar tu propia respiración jadeante.

 

El árbitro detiene el combate y busca el gesto del emperador, que entre vítores señala con su pulgar al suelo. Missos. Obediente, terminas de dejar caer tu gladius. El debutante anónimo ha salvado su vida y te alegras por ello. Le espera un gran futuro en la arena. Y en cuanto a ti, observas con emoción como te tienden la codiciada espada de madera. “Esta vez sí”, te dices. El combate de hoy ha sido un aviso. Retirarse en la cúspide de la fama, antes de que la edad te traiga el fracaso y la deshonra y, probablemente, la muerte en la arena, no es un mal final para un gladiador. Miras al público que aclama tu nombre y te despides de él para abandonar el anfiteatro por última vez. O eso es lo crees.

 

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